jueves, 18 de marzo de 2010

Namaste

NAMASTE

Hay, como sabemos, tres elementos en el cultivo del cuerpo: primero, el cuerpo debe estar sano, segundo, tiene que volverse fuerte y, tercero, debe ser eficiente.
Primero veamos la cuestión de la salud. El cuerpo debe permanecer libre de enfermedades, lo cual quiere decir que todos sus órganos deben funcionar sin estorbo ni obstáculo, como el funcionamiento del corazón, la circulación de la sangre, los pulmones en su trabajo de respiración, el aparato digestivo en su trabajo de asimilación y eliminación. Además, si hay cualquier defecto o falta en alguna parte del cuerpo también ésta hay que remediarla, si existe alguna irregularidad o disfunción en la forma o en el movimiento de una extremidad particular, ha de ser rectificada y hay que eliminar la falla y restablecer el funcionamiento normal. Para este fin hay ejercicios especiales terapéuticos útiles. Ninguna receta médica es la última palabra en esta cuestión, porque también se necesita la ayuda del cultor físico. Sin embargo, aun los médicos están prescribiendo ahora ejercicios yóguicos como asanas y pranayama para fines de salud. Una vez que el cuerpo está sano, hay que fortalecerlo y darle adaptabilidad y capacidad. Para este fin podemos recurrir a ejercicios especiales conocidos, como la gimnasia. La tercera etapa de la cultura física consiste en volver al cuerpo capa y eficiente, lo que se puede describir como la utilización de la fuerza y la capacidad corporales, en la que entran en juego la calistenia y los ejercicios de agilidad, con su destreza y belleza de movimientos. Juegos como el futbol y otros entran en esta categoría.
Todo esto lo sabemos bien, pero lo que tengo en mente es algo distinto, algo un poco más profundo. Tiene que ver con otra fase o aspecto de la cultura física. Quiero decir que el cuerpo no sólo debe ser sano, fuerte y eficiente, sino también volverse conciente. Generalmente, las funciones y movimientos de nuestro cuerpo se efectúan sin que nos demos cuenta, como si fuera un instrumento o una máquina. El fin de los ejercicios físicos debería ser convertir al cuerpo en un instrumento conciente por medio de un procedimiento intencional. Tales movimientos corporales concientes no solamente hacen que los objetivos de los movimientos sean fructíferos por sí solos, pero también aseguran los resultados de un modo más perfecto y rápido.
La Madre ha dicho que el movimiento de subir y bajar las escaleras durante nuestro trabajo cotidiano podría servir de buen ejercicio si, en vez de hacerlo inconciente y mecánicamente pudiéramos hacerlo concientemente y con plena concentración. Uno debe saber y sentir que está ejecutando el movimiento, y las piernas también deberán estar concientes de que están realizando ese trabajo. Ejecutado de esta manera, es un buen ejercicio para las piernas.
Ahora bien, hay dos maneras de volverse conciente. Serlo implica volverse conciente de uno mismo. Este uno o sí mismo puede ser el “yo”, o sea que no sólo hay el “yo” que hace el trabajo sino también el sentido de que yo estoy haciendo el trabajo mientras se está haciendo. No importa qué clase de trabajo sea, yo permanezco conciente todo el tiempo de que soy yo quien está haciendo el trabajo; pero el yo o uno mismo que se vuelve conciente también puede ser la conciencia individual del órgano o del miembro en particular que hace el trabajo, también éste se vuelve conciente en el curso del trabajo que está haciendo. Cuando, por ejemplo, corro, no sólo permanezco conciente de que estoy corriendo, sino que todas las partes del cuerpo implicada en ese acto se vuelven concientes de su acción. Esto añade mucho éxito al resultado. De modo que hacer conciente al cuerpo mediante infundir en sus órganos y extremidades del movimiento de la conciencia y de las vibraciones de la luz (lo que un científico describiría como energizar el cuerpo) es el verdadero fin, la verdadera utilidad de la cultura física y los ejercicios.
Pero no nos detengamos aquí; es necesario subir un peldaño más. El cuerpo no sólo debe volverse conciente sino volverse correctamente conciente. Mi conciencia, la que está detrás de todas mis acciones, no es mía, o al menos no es exclusivamente mía. Es una conciencia más profunda, más amplia, más alta. Lo que funciona y se manifiesta por mi conciencia personal es otro tipo de conciencia. Así, nos encontramos en el ámbito de la disciplina espiritual yoga-sadhana, siguiendo el tema de la cultura física.
Debemos darnos cuenta de que el cuerpo puede volverse sano, fuerte y eficiente con permanencia e integridad sólo cuando la conciencia de sí mismo puede ser cambiada por la conciencia correcta. Por la conciencia correcta quiero decir quiero decir una verdadera y armoniosa conciencia. Puede venir, en primer lugar, de las profundidades de nuestro ser más interno e íntimo; ésa es la conciencia del yo interior, del Ser morador interno. En segundo lugar la conciencia correcta puende venir no desde adentro o al menos no principalmente desde ahí, sino del ambiente, de una extensión más amplia, de una extensión universal que se extiende (valga la redundancia) más allá de los límites del ego individual. A esta la llamaremos conciencia ambiental. Por otra parte, la conciencia debida puede venir desde arriba, en la forma de una conciencia más alta. El arriba también tiene muchos niveles o planos. El más elevado es llamado Conciencia Suprema. Se puede añadir un nivel intermedio de la conciencia superior que generalmente llamamos Lo Supramental, o sea una conciencia que es el primer paso en ascenso más allá de la mente.
Éstos son los grados o pasos principales en el ascenso de la conciencia:
la inconciencia
la conciencia
la conciencia activa
la conciencia interior
la conciencia ambiental
la conciencia supramental
la conciencia suprema o trascendental
Éstos corresponden a las siete capas (sapta kosha) de nuestro ser, los siete mundos o los siete océanos. Son las siete lenguas del dios del fuego, Agni, los siete caballos del dios del Sol, Surya. Cualquiera de estos planos de conciencia puede hacerse cargo del ser y de su nudo principal, el ego. El resultado dependerá del fruto de esta unión.
Una función común de toda conciencia verdadera es la de saturar al ser en luz mediante la transmisión de su luz y su pureza, y el resultado es que hasta los elementos materiales más densos del cuerpo son completamente purificados. Para adquirir la salud, que es la primera necesidad esencial del cuerpo, no existe mejor medio ni hay una medicina más efectiva.
De esta manera, entre más ascendemos a las altura y logramos un estado superior de conciencia, más brillante se vuelve la luz en su pureza y blancura. Asimismo, entre más ahondamos hacia dentro también allí se vuelve más y más profunda, íntima y verdadera la conciencia, llena de intensidad y fuerza. Estos dos movimientos, hacia las alturas y hacia las profundidades, con el tiempo llegan a ser simultáneos y volverse uno finalmente. La conciencia así perfeccionada conduce a su vez al perfeccionamiento del cuerpo.
Observemos también otro punto. Este estado de ser conciente no es un mero recuerdo externo, ni tampoco una actividad de la mente discriminatoria ni el tipo de memoria que utilizamos al repetir una lección. Es la base misma de la mente, es una profunda conciencia de uno mismo y un conocimiento. Intentar mantener esta conciencia con la ayuda de la mente lógica no puede servir de nada, sólo entorpecerá la acción.
Generalmente decimos que estamos absortos o concentrados en lo que hacemos, nos olvidamos de nosotros mismos en nuestro trabajo. Únicamente el trabajo que se efectúe con este tipo de concentración puede ser perfecto. Sin embargo, la concentración no implica un estado de inconciencia. Un reloj sigue dando la hora correcta inconcientemente, las plantas y hasta las clases
más bajas del mundo animal funcionan sin conocimiento, inconcientemente, y de una manera perfecta. Sin embargo, la infusión de la conciencia en el ser humano ha ocasionado una distinción entre el “yo” y el trabajo que ese “yo” realiza. Yo quiero hacer mi trabajo concientemente, así que lo veo y lo considero como algo separado de mí, pero es justamente esto lo que causa la imperfección en el trabajo, lo que lo rodea de dudas. Cuando esta conciencia en el trabajo se transforma en la conciencia correcta entonces puedo recuperar la unidad o identidad entre el trabajador y el trabajo; de este modo, en la verdadera conciencia existe una identidad conciente entre el sujeto y el objeto. Volveré a repetir lo que ya he dicho. Cuando corro, mi carrera, la meta de ella y yo, los tres, se unifican en un todo conciente e integral. Estoy conciente no sólo de que estoy corriendo sino también de que yo mismo soy esa carrera y también la meta. Los tres elementos se vuelven uno en un abrazo mutuo. Hay una experiencia y una realización de Brahman, que describe la trinidad Brahman, brahmanda y jivi, o sea la Realidad Suprema y sus obras, el universo manifestado y el ser individual formando una sola unidad, una conciencia unipersonal, como un solo y único hilo formado de tres hebras. Tener un solo objetivo, como una flecha, no quiere decir que la flecha deje de existir y que sólo el blanco existe, no, sino que la flecha y su blanco se han vuelto uno, reunidos y unificados como una conciencia indivisible.
Tuve que introducir todo esto para explicar que volverse concientes no significa volverse concientes mentalmente, sólo con la mente externa. Esto puede servir temporalmente para suplir una carencia, la de la inconciencia, pero no constituye la conciencia verdadera. Para ser verdaderamente conciente uno tiene que ser conciente con la mente interior, y eso implica una unión o unificación que conserva el sentido o noción de la entidad separada, un nuevo tipo de monismo diferenciado.
De todos modos, aunque esta realización parezca lejana para mortales comunes y corrientes como nosotros, todos podemos dar al menos el primer paso, y aun el segundo. Hasta el más pequeño adelanto en este sendero proporciona resultados sorprendentes. De este modo vemos cómo el cultivo del cuerpo puede conducir a la espiritualización del cuerpo.

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